La relación entre el hombre y la mujer necesita sanación

A fin de imitar el amor de Cristo por su Iglesia, la relación entre el hombre y la mujer necesita sanación. Su relación no es una sujeción unilateral de la esposa al esposo, sino una sujeción mutua de esposo y esposa, siguiendo el encargo de san Pablo, que dijo, “Respétense unos a otros, por reverencia a Cristo” (Ef 5,21).



Cuando los cónyuges bautizados intercambian sus promesas de amor y fidelidad permanente ante la Iglesia, su alianza matrimonial se convierte en una participación en la alianza inquebrantable entre Cristo y la Iglesia. El Espíritu Santo junta a los cónyuges y les posibilita desempeñar actos de amor que se da de sí para beneficio de ellos mismos, sus familias y la Iglesia en su conjunto. De esta manera su matrimonio hace más que simbolizar el amor de Cristo: hace ese amor presente en el mundo.

Aunque el matrimonio ha permanecido como una bendición de Dios, el pecado original tuvo graves consecuencias para la vida matrimonial. Como ruptura con Dios, quebrantó la comunión original entre el hombre y la mujer.

Jesús sanó esta ruptura cuando elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento. En el matrimonio, un hombre y una mujer se vuelven una sola carne. Se aman entre sí como se aman a sí mismos y acarician el cuerpo del otro como si fuera el suyo. Esta unión es una imagen del amor de Cristo por su Iglesia. Los cónyuges están llamados a darse el uno al otro tan plenamente como Cristo se dio a sí mismo a su Iglesia.

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