Hablemos de castidad y lujuria (Pastoral Vocacional)

 

La castidad


Psicólogos, sociólogos y cualquier persona con buen sentido, todos están de acuerdo en que hoy se padece una erotización morbosa. Así las cosas, a no pocas Iglesias sin vocaciones se les podría decir aquello que San Pablo escribía a la Iglesia en Corinto: 
«es ya público que reina entre ustedes la fornicación» (1Cor 5,1).

El espíritu de la lujuria, propio de un mundo erotizado, enferma a muchos cristianos ya desde niños y adolescentes, y sigue haciendo estragos en los jóvenes, y también en los matrimonios que, sin usar de los lícitos métodos naturales para regular la natalidad, apenas tienen hijos.

Y sin embargo, siendo ésa la realidad en las Iglesias que no tienen vocaciones, apenas se da predicación y catequesis sobre la castidad, esa forma preciosa de la caridad y del respeto al prójimo -y a uno mismo-, ese espíritu de fortaleza, dominio y libertad.

A los que tantos elogios hacen de la Palabra del Señor habrá que preguntarles: «¿por qué no predican esta palabra evangélica?»... Y a los que, con toda justicia, encarecen la dignidad de los laicos y su llamada a la santidad, habrá también que decirles: «¿por qué no recuerdan a los fieles, alguna vez al menos, la enseñanza del Apóstol: 
"no se engañen: los fornicarios no poseerán el reino de Dios" (1Cor 6,9-10)?». 
¿Es que el pueblo no está enfermo de lujuria y no está necesitado de la única medicina específica capaz de sanar al hombre, que es la Palabra de Cristo?

Dirá alguno: «hoy conviene silenciar la castidad, pues hace unos decenios la Iglesia hablaba de ella demasiado». Reitero el argumento que ya di a una objeción semejante: el que predica la castidad con excesiva insistencia da la verdad al pueblo, aunque en forma imprudente; mientras que el que calla la castidad, miente, engaña, falsea el Evangelio con su silencio, y deja que la gente se muera en sus pecados. El presunto exceso del pasado en forma alguna excusa el silencio presente.

¿Cómo va a ser casto un pueblo al que no se le predica la castidad, y más aún si vive en un mundo hundido en la impureza? Si el cristiano «vive de toda Palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4), cómo va a vivir una Palabra divina que no se le da? Las nuevas generaciones no han de ser privadas de aquellas verdades que quizá se dieron en exceso... a sus abuelos.

Recordemos cómo habla San Pablo de aquellos hombres del mundo antiguo que tiene ante sí: 
a éstos hombres viciosos «los entregó Dios a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos, pues trocaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador... Por eso los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza; e igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones de los varones, cometiendo torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío... Conocían la enseñanza de Dios, que los que tales cosas hacen son dignos de muerte, y sin embargo, no sólo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rom 1,24...32). 
¿Está viva esta predicación apostólica en las Iglesias que no tienen vocaciones?

Allí donde la castidad es una virtud escasamente predicada, apenas habrá, lógicamente, vocaciones sacerdotales y religiosas.

El celibato

Como es sabido, la virginidad-celibato es un valor netamente evangélico, no conocido apenas por el hombre adámico, y ni siquiera por el Israel antiguo. Y es que sólamente se reveló en plenitud cuando Cristo-Esposo se unió con la humanidad-Iglesia en alianza de amor indisoluble. Entonces es cuando Dios abrió este camino de gracia a muchos hombres y mujeres creyentes: un camino, de suyo, aún «mejor», «más feliz», y «más excelente» que el del matrimonio sacramental cristiano; que ya es decir (1Cor 7,35.40; Trento, 1563: Dz 1810). Pero es un camino precioso que ni los mismos cristianos conocen si no les es iluminado por la predicación.

Pues bien, en las Iglesia sin vocaciones, en las que apenas se predica la castidad, menos aún se hace el elogio de la virginidad. Y si alguna vez se habla de ella, no se afirma tanto su valor en función de Cristo Esposo, sino en función sólamente de una mayor capacidad para servir al prójimo en caridad -argumento muy débil: como si un taxista casado, por serlo, rindiese menos en su trabajo que otro soltero-. No va por ahí el sentido principal del celibato sacerdotal, no. Por él, antes de nada, el sacerdote está llamado «a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa» (Juan Pablo II, 1992, Pastores dabo 22).

El valor del celibato y de la virginidad no es captado muchas veces por los mismos cristianos, allí donde no es objeto de una predicación suficiente. Por eso, las Iglesias locales que no predican y no veneran la sagrada virginidad no tienen vocaciones apostólicas.


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