Espiritualidad para jóvenes universitarios/profesionales

¿Qué significa para un joven universitario/ profesional ser una persona "espiritual"? 

  1. Preguntarse acerca del propósito de la vida y lo que significa ser una buena persona. 
  2. Apropiarse e internalizar el don de la fe y una tradición religiosa. 
  3. Buscar una comunidad adulta de fe en la cual vivir. 
  4. Desarrollar una "vida interior" que corresponda a una "vida exterior". 
Estas características se expresan en el deseo de los jóvenes universitarios/ profesionales de enraizar sus vidas en algo que les dé esperanza y significado. La búsqueda de una identidad personal, la cual  persiguen en sus relaciones y en el trabajo, satisface en forma parcial este hambre por encontrar significado. Sin embargo, una y otra vez, hablan de su sed de tener una relación con Dios. Ellos preguntan, "¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Para qué estoy vivo?" 

Los jóvenes univeritarios/profesionales, varones y mujeres, están experimentando una tensión espiritual que nace del contraste entre la sociedad contemporánea y el deseo de vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Poco a poco, los jóvenes universitarios/profesionales empiezan a entender esta búsqueda como una dinámica entre la fe y la vida. Cada persona la interioriza de acuerdo a la historia de su familia y de sus raíces culturales. Ven que su espiritualidad brota de su relación con Dios, su comunidad, su fe y su cultura. Los jóvenes ven esta espiritualidad como enraizada en las tradiciones y en la experiencia histórica y cultural. 
Un hilo común es entender la espiritualidad como un movimiento del Espíritu de Dios y el firme establecimiento de la propia identidad cristiana en cada circunstancia de la vida. 
Algunos experimentan esta búsqueda como un cuestionamiento sosegado e interno, una revisión hecha a conciencia de las creencias tradicionales. Otros lo logran aprendiendo más acerca de su fe y participando en grupos de oración y en pequeñas comunidades. Durante este período de búsqueda, se enfrentan un gran número de desafíos. 

Los jóvenes universitarios, al igual que aquellos en el campo laboral, hablan de los desafíos que presentan los mensajes seculares que se encuentran en la televisión, la música, el cine y los medios de difusión. Otros inclusive hablan del dolor que sienten cuando las parroquias se muestran poco hospitalarias y no responden a sus preocupaciones y dificultades. A pesar de la confusión de esos años, muchos de ellos buscan regresar a su fe, recordando las experiencias positivas de la pastoral juvenil y universitaria. Nos dicen que es nuestra tradición la que satisface su hambre. Ellos regresan queriendo participar y queriendo involucrarse en la vida eclesial y buscando una guía para sus vidas. 

Los jóvenes universitarios/profesionales necesitan oportunidades para compartir sus historias y recibir afirmación en la importancia de sus vidas dentro de la Iglesia. No importa cuál sea su forma, es importante darse cuenta que este cuestionamiento es la búsqueda de lo que significa ser hijos e hijas de la luz. Es esta profundización de la espiritualidad personal mediante la fe en Jesucristo la que provee la base y la visión para la vida. 

En este mundo de valores cambiantes, Jesucristo nos ofrece una base sólida. Él es la única constante que no cambia. En momentos de confusión o de duda, nuestro compromiso de seguir la senda de Jesucristo nos puede traer una visión llena de esperanza para nuestro mundo. En medio de los muchos e impredecibles cambios de la vida, las tradiciones de la Iglesia hacen eco de los sueños y esperanzas que tiene Dios para los jóvenes profesionales. 


Crecer en Jesucristo 

¿Qué significa ser una persona espiritual? Sencillamente, es el llamado de Dios a estar en unión con Cristo
"Ya se te ha dicho... lo que es bueno y lo que el Señor te exige: Tan solo que practiques la justicia, que sepas amar y que te portes humildemente con tu Dios" (Mi 6,8). 
Ser santo es vivir de acuerdo al Evangelio—tener como base a Cristo Jesús. Ser un pueblo que muestre una tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia es un desafío perenne (cf. Col 3,12). Es un llamado a aceptar las bienaventuranzas: ser pobre en espíritu, consolar, ser paciente, ser misericordioso, trabajar por la paz (ver Mt 5,3-11). Esto significa escuchar la palabra de Jesús y meditar sobre ella; significa participar en la eucaristía y en la vida sacramental de la Iglesia. Significa orar en forma individual y en comunidad y hacerlo regularmente. Es una invitación a llevar un sentido más acentuado de la presencia de Jesucristo al ritmo cotidiano: a la universidad o al trabajo, a la crianza de una familia y a las actividades sociales. 

El camino hacia la santidad es la senda que nos lleva a encontrar y saciar el hambre por encontrar significado y hacer algo provechoso con nuestras vidas. Ese camino nos impulsa a ir más allá de nosotros mismos para servir en nuestras familias, en nuestras relaciones, trabajo y comunidades, así como en nuestra Iglesia; a buscar celosamente la justicia para el pobre, el marginado, el bebé no nacido, el anciano, el que sufre y el acongojado. La vocación para amar, entendida como una verdadera apertura a nuestros semejantes, y en solidaridad con ellos, es la más básica de las vocaciones. Es el origen de toda vocación en la vida. Es inseparable del amor a Dios. Esta profundización de la fe en Jesucristo nos conduce a una visión de lo que la vida puede ser. Probablemente se requieran actos de valentía para conseguir grandes cosas para la humanidad. En este camino no estamos solos. Compartimos la lucha con todos los creyentes. 


Nutrir la fe 

El desafío de ser transformado en una persona santa no se enfrenta solo, sino dentro de una comunidad de fe. 

Los jóvenes universitarios/ profesionales repetidamente han manifestado su deseo de encontrar y participar en comunidades en las cuales se sientan aceptados y acogidos, en donde las personas tengan valores y creencias similares a las suyas. Este anhelo de formar parte de una comunidad lo sentimos todos en lo más íntimo de nuestro ser. Es algo básico en el ser humano, no es algo sobreañadido sino una exigencia de nuestra naturaleza. Dentro de la comunidad, desarrollamos nuestro potencial, nuestros talentos, nuestra identidad y respondemos a los muchos desafíos que conlleva ser mujeres y varones santos. 

Comunidad no es sólo un principio abstracto, sino una realidad concreta vivida diariamente en el hogar, en la universidad, dentro de la sociedad y en organizaciones, movimientos y parroquias. Esta comunión de la Iglesia, enraizada en el amor de Dios, ofrece a los jóvenes universitarios/profesionales la visión, propósito y bases necesarias para recibir la sanación que anhelan, en medio de esas experiencias dolorosas de la vida. 

Personas de todas las edades manifiestan la necesidad de reconciliación y sanación por causa de relaciones fallidas, del abuso y la adicción, el libertinaje sexual, la violencia callejera, los hogares quebrantados o violentos, la falta de trabajo, la discriminación en todas sus formas, el rechazo y la soledad. La redención de Cristo es esencial para esta sanación. Es en la comunidad de fe donde el poder sanador de Jesús toca a cada persona y, por ella, a los vecindarios, ciudades y a la sociedad. 

Por medio de los sacramentos —sobretodo, por la reconciliación y la eucaristía— los jóvenes profesionales encuentran la presencia sanadora del Señor y reciben el valor y la gracia para enfrentar los muchos desafíos que conlleva vivir un estilo de vida cristiano.  


Vivir la fe en el mundo 

El desafío de la fe es ser un testigo fidedigno del poder del Evangelio en el mundo contemporáneo. Nos sentimos inspirados por los relatos de los jóvenes profesionales cuyo entusiasmo y servicio sirven para construir el reino de Dios en la tierra. Su sed de aprender, sus esfuerzos por llevar una vida honrada, el cuidado de sus hijos y de los bebés que están por nacer, así como por su servicio en labores misioneras o voluntarias son un testimonio digno de la función de los jóvenes universitarios/profesionales que viven su fe. 

Son características de la madurez cristiana: tomar conciencia del valor de la educación, especialmente de la habilidad de tomar decisiones certeras basadas en las enseñanzas de la Iglesia; la necesidad de una catequesis adulta y de otros medios para el desarrollo de la fe; la importancia de conocer bien los talentos de uno para usarlos de forma más efectiva; el vivir con misterios y ambigüedades; y la participación en el ámbito familiar, comunal, gubernamental y social de manera que los principios bíblicos de justicia, compasión y misericordia se mantengan fielmente vivos. 

Basado en: Hijos e Hijas de la Luz: Plan Pastoral para el Ministerio con Jóvenes Adultos. USCCB

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