¿Qué hacen en mí los dones del Espíritu Santo?

¿Qué son los dones del Espíritu Santo? 
 
Según Rom 8,14.17: Los que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios, y si hijos, también herederos; y en el Sal 142,10, se dice: Tu Espíritu bueno me llevará a la tierra verdadera, porque no podemos llegar a la herencia de aquella tierra de los bienaventurados si no somos movidos y llevados por el Espíritu Santo. Por eso, para conseguir aquel fin, necesitamos tener el don del Espíritu Santo.  


Tres definiciones: 
  1. Los dones del Espíritu Santo son ciertos hábitos que nos perfeccionan para obedecer prontamente al Espíritu Santo. 
  2. Los dones del Espíritu Santo son aquellos por los que todas las facultades del alma se disponen para someterse a la moción divina. 
  3. Los dones del Espíritu Santo son ciertas disposiciones habituales del alma que la hacen ser dócil a la acción del Espíritu Santo.  

1. El don del entendimiento La luz natural de nuestro entendimiento es limitada, y sólo puede penetrar hasta unos niveles determinados. Por eso necesitamos una luz sobrenatural que le haga llegar al conocimiento de cosas que no es capaz de conocer por su luz natural. Y a esa luz sobrenatural otorgada al ser humano la llamamos don de entendimiento. Por el don de entendimiento el Espíritu Santo, ilustra la mente humana para que conozca la verdad sobrenatural. 

 2. El don de ciencia Para llegar a discernir entre lo que debe y no debe ser creído es necesario el don de ciencia. Saber lo que hay que creer compete al don de ciencia. El don de ciencia, solamente lo poseen quienes por infusión de la gracia obtienen la certeza de juicio sobre lo que deben creer y obrar, de suerte que en nada se desvían de la rectitud de la justicia. 

 3. El don del temor El temor de Dios enumerado entre los siete dones del Espíritu Santo es el temor filial o el casto. Por el temor filial o casto el mismo reverenciamos a Dios y huimos no someternos a El. El temor filial debe crecer al aumentar la caridad: cuanto más se ama a otro, tanto más se teme ofenderle y apartarse de él. Creciendo la esperanza aumenta también el temor filial, porque cuanto con mayor certeza se espera la consecución de algún bien por el auxilio de otro, tanto más se teme ofenderle o apartarse de él. El mal de la criatura racional consiste en no someterse a Dios sublevándose con presunción contra El o despreciándole. Dice san Agustín en el libro Sobre el Sermón de la Montaña: El temor del Señor conviene a los humildes, de quienes se dice: Bienaventurados los pobres de espíritu. Al temor corresponde con propiedad la pobreza de espíritu. Pues dado que incumbe al temor filial reverenciar a Dios y estarle sometido, corresponde al don de temor lo que es consecuencia de esa sumisión. Mas por el hecho de someterse a Dios deja el hombre de buscar la grandeza en sí mismo o en otra cosa que no sea Dios, porque estaría en pugna con la sumisión perfecta (a El debida). Por eso se dice en el salmo 19,8: Estos en carros, aquellos en corceles; mas nosotros en el nombre de nuestro Dios seremos fuertes. De ahí que, por el hecho de temer perfectamente a Dios, el hombre deja de engreírse en sí mismo por soberbia y de engrandecerse con bienes exteriores, es decir, con honores y riquezas. Lo uno y lo otro atañe a la pobreza de espíritu, que puede entenderse como el aniquilamiento del espíritu hinchado y soberbio, en expresión de San Agustín en El Sermón de la Montaña.  

4. El don de sabiduría Siendo la sabiduría conocimiento de las cosas divinas, los teólogos y los filósofos la consideran de manera diferente. Los teólogos consideran esa sabiduría no sólo como mero conocimiento de Dios, como lo hacen los filósofos, sino también como orientadora de la vida humana, que se dirige no sólo por razones humanas, sino también por razones divinas, como enseña San Agustín en Sobre la Trinidad, Libro XII. La sabiduría don es distinta de la sabiduría virtud intelectual adquirida. Esta, en efecto, se adquiere con el esfuerzo humano; aquélla, en cambio, desciende de lo alto, como vemos en la Escritura (Sant 3,15). La sabiduría que es don del Espíritu Santo, permite juzgar rectamente las cosas divinas, y las demás cosas en conformidad con las razones divinas, en virtud de cierta connaturalidad o unión con lo divino. Esto es efecto de la caridad. Por eso la sabiduría de que hablamos presupone la caridad, y la caridad no coexiste con el pecado mortal. En consecuencia, tampoco la sabiduría de que hablamos puede coexistir con el pecado mortal. La sabiduría en cuanto don incumbe no solamente contemplar las cosas divinas, sino también regular las acciones humanas.  

5. El don de consejo La razón humana no puede abarcar todos los casos singulares y contingentes que pueden ocurrir, resulta que son inseguros los pensamientos de los hombres, y nuestros cálculos muy aventurados (Sab 9,14). El hombre, pues, en la indagación del consejo, necesita ser dirigido por Dios, que comprende todas las cosas. Tal es la función propia del consejo, por medio del cual se dirige el hombre como por el consejo recibido de Dios. Algo parecido a lo que ocurre en los asuntos de la vida humana: quienes no se bastan a sí mismos en la búsqueda del consejo, piden consejo a los más sabios. 

 6. El don de piedad Entre otras mociones del Espíritu Santo, hay una que nos impulsa a tener un afecto filial para con Dios, según expresión de Rom 8,15: Habéis recibido el Espíritu de adopción filial por el que clamamos: ¡Abba! ¡Padre! Y, como lo propio de la piedad es prestar sumisión y culto al Padre, se sigue que la piedad, por la que rendimos sumisión y culto a Dios como Padre bajo la moción del Espíritu Santo, es un don del Espíritu Santo. Así como por la virtud de la piedad el hombre ofrece reverencia y culto no sólo al padre carnal, sino también a todos los que están unidos a él por lazos de sangre en cuanto asociados al padre, así también el don de piedad no sólo tributa honra y culto a Dios, sino también a todos los hombres, en cuanto pertenecen a Dios. Es la razón por la que a la piedad corresponde honrar a los santos y no contradecir a la Escritura, se entienda o no se entienda, como nos dice San Agustín en Sobre la Doctrina Cristiana, Libro II. Por ello, también la piedad hace obras de misericordia con los necesitados. Y aunque este acto no se dé en el cielo, sobre todo después del día del juicio, sin embargo, sí se dará su acto principal, que es reverenciar a Dios con afecto filial, conforme al libro de la Sab 5,5: ¡Cómo son contados entre los hijos de Dios! También se dará la mutua honra entre los santos. Ahora, en cambio, hasta que llegue el día del juicio, los santos se compadecen también de los que viven en estado de miseria. 

7. El don de fortaleza La fortaleza como virtud da una fuerza especial al alma para soportar toda clase de peligros; pero no basta para que confíe uno en que podrá salir bien de todos ellos; esto es lo propio del don del Espíritu Santo que llamamos fortaleza. El Espíritu Santo mueve interiormente al hombre para que lleve a término cualquier obra comenzada y se vea libre de cualquier peligro que le amenaza. Esto rebasa la capacidad de la naturaleza humana, ya que hay casos en que el hombre no puede llevar a cabo sus obras o escapar de los males o peligros, pues a veces le agobian hasta causarle la muerte. Ahora bien: esto lo realiza el Espíritu Santo en el hombre guiándolo en todo hacia la vida eterna, que es término de toda obra buena y la liberación de todos los peligros. Para ello infunde en el alma el Espíritu Santo una confianza especial que excluye todo temor contrario
 Fuente

Comentarios

Entradas populares de este blog

Acordes del Himno de la JMJ y Mejores Versiones

10 Valores dehonianos

Subsidio Bíblico para el Año de la Misericordia