Los 10 Valores dehonianos

 

 


Introducción


En la historia del cristianismo podemos contemplar diversas “Espiritualidades”, de acuerdo a la lectura del mensaje evangélico, que han hecho diversos cristianos, cada uno en una época determinada y, hasta cierto punto, influido por ella. En este sentido se ha señalado que cada una de estas espiritualidades:
“acentúa determinadas verdades de fe, prefiere algunas virtudes según el ejemplo de Cristo, persigue un fin secundario específico y se sirve de particulares medios y prácticas de piedad, mostrando a veces notas distintivas características” (Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, II,13).

Entonces para poder contemplar los valores de la espiritualidad dehoniana, y admirarlos en su conjunto:
  1. Partimos de la lectura del Evangelio y nos dejamos iluminar por las espiritualidades paulina y joánica.
  2. En segundo lugar, debemos acercarnos a la historia de la Iglesia, para contemplar cómo ha ido surgiendo y desarrollándose nuestra espiritualidad. Para aproximarnos a ésto, ofrecemos algunas citas del Catecismo de la Iglesia Católica, del Concilio Vaticano II y del Documento de Aparecida.
  3. Luego de esta ubicación histórica, debemos proceder a leer las obras de León Dehon.

Al hacer esto, procuraremos conseguir, de la mano del Padre Dehon, un acercamiento peculiar al Evangelio y a la persona de Jesús y veremos hasta qué punto ese tipo de acercamiento tiene valor permanente y hasta qué punto su validez está condicionada por su época.

Esto nos ayudará a los dehonianos a vivir más auténticamente nuestra fe y posibilitará que con más fuerza espiritual anunciemos el evangelio a nuestros contemporáneos y les abramos las puertas para un encuentro con Cristo que transforme sus vidas. [+]

A continuación, los 10 valores dehonianos ordenados alfabéticamente.

1. DISPONIBILIDAD

(Oblación, Abandono, Disponibilidad, Vida de unión)

“Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb 10,5-10. Cf. Cst 53, 95).
“Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38. Cf. Cst. 85c; CCE 2617)
Jesús se sometió por amor a la voluntad del Padre: a través de una disponibilidad particularmente manifiesta en su atención y su apertura a las necesidades y aspiraciones de los hombres (Cst. 53a).

Unirse a Cristo es dejarlo vivir en nosotros para que nos conduzca al Padre por el Espíritu [Cf. CCE 2824-2825; DA 137]. Es también, y por el mismo motivo, comprometerse con Él en el amor hacia la humanidad por la que se entregó. El corazón de Jesús es a la vez signo y plenitud de esta unión entre Dios y el hombre.
 
Esta primacía del amor reclama una conversión permanente y debe llevar a la disponibilidad para el servicio de Dios y de sus hermanos, sobre todo de los más pobres y de los más débiles [Cf. Cst. 95b; DA 139].

La vida de oblación nos lleva a los dehonianos a buscar cada día con más fidelidad, junto con el Señor pobre y obediente, la voluntad del Padre respecto a nosotros y al mundo [Cst 35b; Cf. CCE 2233].

La oblación es el camino por el que entregamos y consagramos nuestras personas y nuestras actividades a la santa voluntad divina. Se resume en el Aquí estoy (Heb. 10,7).

La oblación encuentra su fundamento en la imitación y en el seguimiento de Cristo-Servidor, y se enraíza en la gracia bautismal: 

“Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, ofreciéndose a Dios en sacrificio de agradable olor” (Efesios 5,1-2).

Es, sobre todo, en el misterio de la Pasión, resumido en el signo del costado abierto, donde el P. Dehon contempla la oblación del Salvador y busca la inspiración de su propia oblación.

El espíritu de oblación se realiza por la disponibilidad efectiva hacia Dios y los hombres. Eso es lo que el P. Dehon llama abandono y que recomienda con tanta insistencia.

En la búsqueda y acogida de la voluntad actual de Dios sobre nosotros es que este espíritu de oblación y la disponibilidad, que es su fruto, encuentran continuamente materia para ejercerse y desarrollarse. Esto debe ser nuestra preocupación constante, como fue la del P. Dehon, que había hecho su divisa de la palabras de S. Pablo en el camino de Damasco: 

“¿Qué he de hacer, Señor?” (Hechos 22,10).
“El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre” (GS 22, 2). Estamos llamados a no ser más que una sola cosa con él; nos hace comulgar en cuanto miembros de su Cuerpo en lo que él vivió en su carne por nosotros y como modelo nuestro [CCE 521; Cf. 2074; DA 136].
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El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama ‘mística’, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos -‘los santos misterios’- y, en El, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con El, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos [CCE 2014].

El Padre Dehon decía: 

«¿No es lo propio de una víctima ponerse totalmente, sin reservas, sin resistencias ni preocupación a disposición de aquel a quien se ofrece? El abandono es como un resumen de las virtudes de la fe, la obediencia, la confianza y el amor. Aquel que cree en la Providencia de Dios, que se confía en su bondad, que lo ama y que obedece todas las manifestaciones de su voluntad, aquel practica la virtud del abandono. Este es el fondo de la vida de Nuestro Señor, como él testimonia de sí mismo, desde su primera palabra: "He aquí que vengo, para hacer, oh Dios, tu voluntad" [Heb 10,7; Sal 40,7], hasta su último grito: "En tus manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu" [Lc 23,46]. Es la disposición del Sagrado Corazón de María, siempre dispuesto a gritar: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mi según tu palabra" [Lc 1,38]. Este es el verdadero espíritu cristiano, como lo expresa nuestra oración diaria: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" [cf. Mt 6,10].» (NTO 9140002 / 45)



2. CARIDAD FRATERNA (Amor, Sean uno)

“Ámense unos a otros como los he amado yo” (Jn 13,34. Cf. Cst. 18-21).
“Éste es mi mandamiento” (Jn 15,12).
“Con paciencia sopórtense unos a otros en la caridad” (Ef 4,1-6).
"Amémonos mutuamente como Cristo nos amó" (Cfr. 1Jn 4,7-21; LG 42).
En el costado abierto de Cristo, siguiendo al evangelista san Juan y a una larga tradición espiritual, el P. Dehon descubrió el amor del Padre que obra en su propia vida y la de los hombres. Este descubrimiento le condujo a la experiencia de una unión íntima, personal y actual con Cristo, desarrollando la configuración obrada por el bautismo que nos hace existir y vivir en Cristo (cf. 2 Tim 3,12; Fil 1,21). Esta unión se vive en el amor, el que nos trae Cristo mismo (cf. Ef 3,17).
 

En el amor de Cristo encontramos la certeza de que la fraternidad humana podrá ser alcanzada [Cf. GS 38] y obtenemos la fuerza para trabajar en su implementación (Cst. 18b).

Cristo realizó la obra de la salvación suscitando en los corazones el amor al Padre y entre nosotros: amor regenerador, manantial del crecimiento de las personas y de las comunidades humanas (Cf. Cst. 20).

Estamos llamados a insertarnos en este movimiento del amor redentor, dándonos por nuestros hermanos, con Cristo y como Cristo (Cst 21b; Cf. 1Jn 3,16).

Cristo tomando la naturaleza humana, se asoció familiarmente todo el género humano, con una cierta solidaridad sobrenatural, y constituyó la caridad como distintivo de sus discípulos con estas palabras: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos con otros (Jn., 13,35). [AA 8]
Observar el mandamiento del Señor es imposible si se trata de imitar desde fuera el modelo divino. Se trata de una participación, vital y nacida "del fondo del corazón", en la santidad, en la misericordia, y en el amor de nuestro Dios. Sólo el Espíritu que es "nuestra Vida" (Ga 5, 25) puede hacer nuestros los mismos sentimientos que hubo en Cristo Jesús (cf. Flp 2, 1.5). Así, la unidad del perdón se hace posible, "perdonándonos mutuamente 'como' nos perdonó Dios en Cristo" (Ef 4, 32). [CCE 2842. Cf. 1823; DA 138]
Este amor tiene como consecuencia la ofrenda efectiva de sí mismo (cf. Mc 8, 34). [CCE 459]

 

El Padre Dehon decía:

«Amémonos como Jesús nos ha amado, es decir, con generosidad, fidelidad, desinterés y, si hace falta, hasta el sacrificio de la vida. “Éste es mi mandamiento” [Jn 15,12]. Este es el mandamiento del Sagrado Corazón de Jesús. La caridad es paciente, ella es amable; ella no piensa en el mal y no lo hace; ella aborrece la ambición, la envidia y el egoísmo; es confiante y compasiva [Cf. 1 Cor 13,4]. Bienaventurados aquellos que son mansos, porque ellos ganarán todos los corazones. Bienaventurados aquellos que aman la paz, éstos son los verdaderos hijos de Dios.

La caridad no conoce diferencias de lenguas: “no hay judíos ni griegos” (Ga 3,28). Entre nosotros, las diferencias de nacionalidad no deben perjudicar la unión. La caridad perdona las injurias: "Padre, perdónalos" [Lc 23,34]. La caridad se inmola en la paciencia. Ella encuentra una ocasión de inmolación en las dificultades y los problemas de la vida comunitaria, en las contradicciones, en las penas que le causa el prójimo, en soportar los caracteres feos y desagradables. “Con paciencia sopórtense mutuamente en la caridad” (Ef [4,2]). “A la Paciencia, unan la piedad” [2P 1,6]. Si la caridad fraterna es siempre necesaria en la vida religiosa, ¿no lo es especialmente entre los amigos y discípulos del Corazón de Jesús? "Si alguno no ama a sus hermanos y pretende que ama a Dios, él miente", dice el apóstol San Juan [1Jn 4,20]. Esta virtud debe sernos especialmente querida. Se manifestará por todo tipo de atenciones, por la armonía y la paz en nuestras relaciones, por el soportarse mutuamente y la pronta solución de las diferencias que puedan surgir. Debemos formar, con el socorro de Nuestro Señor, un sólo corazón y una sóla alma en el Corazón de Jesús.» (NTO 9140002 / 14)
 

3. CONFIANZA FILIAL

“Pidan y recibirán” (Lc 11,5-13)
Como para Abraham, que “obedeció a la llamada y partió sin saber a dónde iba” (Hebreos 11,8), una tal disponibilidad requiere la entrega de sí mismo en las manos del Padre, con esa confianza de la que habla el Sermón del la montaña (cf. Mt 6, 25-34) y que fue vivida por Cristo hasta la muerte (cf. Jn 14,31; Cst. 3a).

Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: "No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer? ¿qué vamos a beber?... Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura" (Mt 6, 31-33; cf 10, 29-31). [CCE 305]

En el Sermón de la montaña, Jesús insiste en esta confianza filial que coopera con la Providencia de nuestro Padre (cf Mt 6, 25-34). No nos impone ninguna pasividad (cf 2 Ts 3, 6-13) sino que quiere librarnos de toda inquietud agobiante y de toda preocupación. Así es el abandono filial de los hijos de Dios. [CCE 2830]

El Padre Dehon decía: 
«Tenemos necesidad de confianza, ésta es la fuente del abandono, tan necesaria para nuestra vocación. Necesitamos una confianza filial que no disminuya, incluso en las dificultades... ¿Podemos dudar de la bondad de Nuestro Señor, de su preocupación, de su misericordia? El que se hizo hombre por nosotros y murió por nosotros, ¿descuidará algo que pueda beneficiarnos? Él es para nosotros como una madre (Cf. Is 66,13).» (NTO 9140002 / 9)

4. EUCARISTÍA (Adoración)

“Vengan a mi” (Mt 11,28).
“He deseado comer ésta pascua con ustedes” (Lc 22,14-20; Cf. CCE 1130, 1380) 
La vida de unión se nutre y se perfecciona en el misterio de la Eucaristía [Cf. CCE 1391] que, al manifestar la presencia actual y permanente del amor de Cristo, nos hace comulgar en él mediante la ofrenda litúrgica [Cf. CCE 1137, 2031] y por la adoración.
 

En la Adoración, estrechamente unida a la celebración eucarística, meditamos [Cf. CCE 2705-2719] las riquezas de este misterio de nuestra fe, para que la carne y la sangre de Cristo, alimento de vida eterna, transformen más profundamente nuestra vida (Cst. 83). Es tiempo para dejarnos renovar en la intimidad con Cristo y para unirnos a su amor a los hombres (Cf. Cst. 79a).

En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su oblación total, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su oblación. [CCE 1368. Cf. 1364, 1414]

El Padre Dehon decía:

«Escuchemos las dulces invitaciones del Salvador. - “Tomen y coman -nos dijo el buen Maestro- este es mi cuerpo; tomen y beban, esta es mi sangre” [cf. Mt 26,26-27]. Proféticamente, la sabiduría divina nos dijo en el libro de Proverbios: "Coman mi pan y beban el vino que yo he preparado para ustedes" [cf. Pr 9,5]. El esposo del Cantar nos dice: "Coman, mis amigos, beban y embriágense, mis amados" [cf. Ct 5,1]. Isaías ha dicho: “Ustedes los que tienen hambre y sed, dense prisa, vengan y coman gratuitamente; vengan y tomen vino y leche” (Is 55,1). Y en Apocalipsis: "El Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y aquel que tenga sed venga, y todo aquel que quiera, reciba gratuitamente el agua de la vida” (cf. Ap 22, 17). (ASC 9/125)

Todas estas invitaciones urgentes se pueden escuchar desde la Eucaristía. “Vengan todos a mí - dice de nuevo el Salvador - sobre todo ustedes que sufren y que tienen dolor, y yo los reconfortaré” (cf. Mt 11, 28). Esto se extiende a toda asistencia divina, pero también a la Eucaristía. Vayamos al pan de vida. Vayamos a recibirlo espiritualmente y sobre todo sacramentalmente. Él nos fortalecerá. Él desarrollará en nosotros la vida divina, la vida espiritual, la vida de Jesús, el espíritu de Jesús, sus virtudes, sus sentimientos, sus disposiciones y sus obras.» (ASC 9/126)

También decía: «Ciertamente que Nuestro Señor ha querido retratarse a sí mismo bajo los rasgos del Buen Samaritano. Él ha querido revelarnos bajo esta parábola toda la bondad y la compasión de su Corazón. Y si fue el Buen Samaritano en su vida mortal, sembrando por doquier sus cuidados, sus consuelos, socorriendo y curando a todos los heridos y enfermos, no endureció su Corazón en la Eucaristía. Él está allí con la misma bondad, la misma ternura por los que sufren. Él dice de nuevo: "Vengan a mí todos ustedes que penan y sufren, y yo los aliviaré" [Mt ​​11,28]. Iré a él, le mostraré mis heridas, las heridas espirituales sobre todo. Él pondrá el aceite que suaviza y el vino que cauteriza. Él me aliviará, estoy seguro. Mira Señor, en qué estado me han reducido las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, levántame, cúrame.» (ASC 6/103)

Y además: «Y Jesús, a su vez, deseó esta pascua donde se comunicaría a nosotros (cf. Lc 22,15). Él desea aún ardientemente nuestras visitas, nuestras comuniones. Y nosotros, nos mantenemos tibios. Nuestra alma quiere y no quiere. Ella sólo tiene veleidades (cf. Pr 21,25). El Corazón de Jesús está entristecido. Él quiere que nuestra visita encienda en nuestros corazones el fuego de los santos deseos. Mi alma es esa Jerusalén descrita por Jeremías (cf. Lm 1), toda desolada, devastada, sin energías y sin fuerzas. Iré al tabernáculo para recibir los efluvios de la sabiduría y de la fuerza divina.» (ASC 6/95)


5. FIDELIDAD A LA GRACIA DEL ESPÍRITU (Santidad)

“Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá” (Lc 12,47-48).
“La voluntad de Dios es su santificación” (1 Tes 4,1-8; Cf. LG 39; CCE 2813).  
Para cada uno de nosotros la vida es una historia: a partir de la gracia del comienzo, se desarrolla alimentándose de lo que la Iglesia, iluminada por el Espíritu, saca constantemente del tesoro de su fe (Cst. 15).

Nuestra respuesta supone una vida espiritual: un acercamiento al misterio de Cristo, bajo la guía del Espíritu, y una atención especial a todo aquello que corresponde a la experiencia del Padre Dehon (Cst. 16).

Todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol : "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes 4,3; Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta incesantemente y se debe manifestar en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles [LG 39; Cf. CCE 2013].

 El Padre Dehon decía:

«Es la correspondencia a la gracia divina que ha hecho los santos. Lo que los elevó a la gloria y al gozo en el reino de los cielos, fue esta correspondencia a la gracia y la conformidad a la voluntad divina. Aunque su manera de vivir, sus obras y sus sufrimientos, sus luchas y sus victorias han sido diferentes, todo ha sido solo el cumplimiento de la voluntad divina, la correspondencia a las gracias recibidas. Ellos se han vuelto más grandes en santidad y en perfección, según la medida de esta correspondencia y de esta fidelidad.

Cada uno de ellos comprendió en su interior y por la voz de sus superiores aquello que Dios pedía de ellos: su vocación, su misión, era extraordinaria, las gracias y los medios también eran extraordinarios. "A aquel a quien mucho se le ha dado, mucho se le pedirá también" [Lc 12,48]. La inspiración de sus actos de virtud, de sus obras heroicas, no viene de la naturaleza, ni del mundo, ni del demonio, sino del espíritu de Dios. Ha sido a éste impulso, a estas inspiraciones, al soplo del Espíritu Santo a lo que han prestado el oído. Ha sido a esta fuente que han sacado las luces necesarias para sus obras y para su santificación. “La voluntad de Dios es su santificación” [1 Tes. 4,3].» (DSP 338-339; Cf. ASC 1/61-62)


6. FIDELIDAD EN LAS PEQUEÑAS COSAS

“Bien hecho siervo bueno y fiel, porque en lo poco fuiste fiel...” (Mt 25,23-28)
La vida de oblación nos hace atentos a las llamadas que el Padre nos dirige por medio de los acontecimientos pequeños y grandes y de las expectativas y realizaciones humanas (Cst. 35c).

Aprendiendo a discernir “los signos de los tiempos”, debemos estar atentos a los signos verdaderos de la presencia y de la acción de Dios. “La voluntad de Dios -nos dice el P. Dehon- se da a conocer a cada instante”. 

Nuestra vocación a una total disponibilidad debe hacernos también particularmente “sensibles” a las llamadas de Dios en los acontecimientos y en las personas, para responderle con fidelidad (Cf. Cst 57a). Sólo una intensa vida de fe, esperanza y caridad, puede ciertamente sostener e iluminar este esfuerzo y esta fidelidad.

El Padre Dehon decía:
«Jamás un hombre ha caído todo de golpe en pecados graves, jamás una vocación se ha perdido todo de golpe, sino que comenzamos con pequeñas infidelidades y terminamos con caídas profundas. Así hizo Judas, el traidor, el Evangelio nos relata que estaba escandalizado por el nardo esparcido a los pies de Nuestro Señor y que le hubiera gustado que le dieran el precio a los pobres. No dijo esto por el bien de los pobres, sino por ser un ladrón, él tenía la bolsa y tomaba lo que era arrojado en ella [cf. Jn 12,6-7]. Así, la inclinación desordenada y culpable que alimentaba en su corazón lo llevó poco a poco al crimen más infame, al sacrilegio más odioso y luego a desesperarse... ¿No se dice en el Evangelio: "Bien siervo bueno y fiel, porque en lo poco fuiste fiel..."? [Mt ​​25,21] Porque el servidor ha sido fiel en las pequeñas cosas, se le han confiado grandes cosas y toma parte en el gozo de su señor.» (NTO 9140002 / 27)


7. MARTIRIO (INMOLACIÓN)

“Sufro con Jesús por su Iglesia” (cf. Col 1,24; Cst. 24, LG 11, AA 16; CCE 307, 618, 793, 1657).
“Ofrézcanse como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (Rom 12,1-3; Cf. Cst. 22, 81, LG 10; CCE 2031, 2520)
Habilitado por su bautismo para “completar en su carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24), el cristiano está llamado a participar en la obra redentora y a hacerla fructificar: en su propia vida, por una conversión cada vez más profunda de su corazón; y en la vida del Cuerpo entero, por su propia oblación con Cristo Salvador.
 

Queremos vivir en comunión con Cristo y en solidaridad con él, ofrecernos al Padre (Cst. 22).

La vida reparadora nos hace entrar en eminente y misteriosa comunión con los sufrimientos y la muerte de Cristo para la redención del mundo (Cst. 24).

Nuestro amor anima todo lo que hacemos y sufrimos por servir al Evangelio (Cf. Cst. 25).
Cristo quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10, 39; Jn 21, 18-19; Col 1, 24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35). [CCE 618; Cf. 964, 1460, 2100]

Los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo, para que por medio de todas las obras del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien las maravillas de quien los llamó de las tinieblas a la luz admirable (cf. 1Pe., 2,4-10). Por ello, todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabanza a Dios (cf. Hech., 2,42.47), han de ofrecerse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom., 12,1). [LG 10; Cf. CCE 1105, 1109]

Piensen todos que con el culto público y la oración, con la penitencia y con la libre aceptación de los trabajos y calamidades de la vida, por la que se asemejan a Cristo paciente (Cf. 2 Cor., 4,10; Col., 1,24), pueden llegar a todos los hombres y ayudar a la salvación de todo el mundo [AA 16].

Si ese don del martirio se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia [LG 42; Cf. DA 140].

El Padre Dehon decía: 
«Sin duda, él podría haberlo hecho todo solo, pero quiso asociar nuestros corazones a esta obra de la Redención: “Completo lo que falta a la Pasión de Cristo” [Col 1, 24], dijo San Pablo; y nosotros podemos decir: “Completo lo que falta al Corazón de Jesús”. Así como por la gracia de la adopción, participamos de la naturaleza divina [cf. 2P 1,4], así por nuestra unión con Nuestro Señor, recibimos una comunicación del Corazón de Jesús.» (CAM 1/163)

Y escribía: «Jesús inmolado en sus miembros. - Somos bautizados en la cruz. Debemos morir con Jesús para resucitar con él (cf. Rm 8,17). Miembros de Jesucristo, debemos tener la misma suerte que nuestra Cabeza. Parecernos a él, esa es nuestra gloria. Él nos ha indicado el camino de la salvación, debemos seguirlo. “Les suplico -dijo san Pablo- hágan de sus cuerpos una hostia viviente, santa y agradable a Dios” (cf. Rm 12,1).» (ASC 3/6)
 
Y en su diario anotaba: «Me doy enteramente a mi Salvador. Me abandono todo a él para hacer todo lo que él quiera y convertirme así con él en una víctima agradable a su Padre [cf. Rm 12,1]. Lo imitaré por la vida interior, por la docilidad a la gracia, la aniquilación de Jesús Hostia y el don de él mismo a su Padre.» (NQT 6/156)




8. RENUNCIA (Abnegación)

“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo.” (Mt 16,24; Cf. AA 4; CCE 226, 736; DA 357; Cst. 41-44)
“Renuncien al hombre viejo que eran antes... y revístanse del hombre nuevo.” (Ef 4,21-24)
“Revístanse del Señor Jesucristo.” (Rm 13,12-14)
“Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.” (Gal 2,18-20; Cf. Cst 2b)
Exige una educación en el amor verdadero, la liberación progresiva del egoísmo [Cf. CCE 908; LG 36], que es el rechazo del amor de Dios y de la fraternidad (Cst. 95).

Imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (Cf. Gál., 5,26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (Cf. Lc., 14,26), a padecer persecución por la justicia (Cf. Mt., 5,10), recordando las palabras del Señor: "Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt., 16,24). [AA 4]

El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas [CCE 2015; Cf. 1435-1438, 2043]. 

El Padre Dehon decía: 
«Llevar la cruz, ésta es la esencia de la vida cristiana. El cristiano es marcado con la cruz en el bautismo. Allí recibe la capacidad de llevarla. La llevará -dice el Salvador- o de lo contrario no será digno ya del nombre de cristiano, no será ya un verdadero discípulo de Cristo. Repitámoslo, se trata de la cruz diaria del deber cumplido, de la lucha contra las pasiones, de la mortificación prescrita o voluntaria, del soportar las cruces de la Providencia. No hay que hacerse ya ilusión. La vida cristiana tiene sus recreaciones honestas, tiene alegrías espirituales que a menudo son muy dulces; pero en general, no es ya una vida de placeres, una vida sensual, es una vida de penitencia y lucha.» (ASC 9/15)

También decía: «Cada uno debe tener cuidado al comienzo de sus obras de renunciar a todos sus sentimientos, a todas sus voluntades para entrar en las disposiciones de Jesucristo: “que renuncie a si mismo y que me siga” (Mt 16,24). Vivamos en completa religión con Dios, en completa justicia con el prójimo, en completa santidad con nosotros mismos, en completa sobriedad con las criaturas: "Renunciando a la impiedad y a los deseos del mundo para que vivamos en sobriedad, justicia y piedad en este mundo" (Tt 2, 12).» (VPR 138).

Además escribía: «Hay un período de purificación preparatoria. Debemos dejar todo lo que pone obstaculo a la vida interior: el pecado, los defectos naturales, las inquietudes y el amor propio: "Que renuncie a sí mismo" [Mt ​​16,24]. Viene enseguida una larga etapa de trabajo para adquirir la perfección y formarse en la virtud imitando a Nuestro Señor: vida de oración, lucha y de sacrificios, iluminada y sostenida por la meditación sobre los misterios de Nuestro Señor: “Que tome su cruz” [ibidem]. La contemplación de los misterios de la Pasión es una transición, conduce a una vida de unión y amor: "Que me siga" [ibidem]. ¿Quién no amaría al que vemos sufrir y morir por nosotros? Todos los caminos indicados por los maestros vuelven a estas tres etapas.» (VPR 170)

Y haciendo hablar a Jesús escribía: «Toma mi yugo; mi reinado es enteramente interior: “El Reino de Dios entre ustedes está” (Lc 17, 21). Consiste en desterrar de tu corazón todo otro espíritu que no sea el mío, en nada juzgar más que según mis máximas, en amar aquello que amo, en hacer aquello que yo deseo. Que tus pensamientos sean mis pensamientos: “Esto sientan en ustedes, lo que sintió en él Cristo Jesús” (Fil 2,5). Que tus palabras sean mis palabras: “Si hablan, que sean palabras de Dios” (1P 4, 11]). Quiero vivir en ti y hacerte otro yo mismo: "Revístanse del hombre nuevo - De Jesucristo revístanse” (Ep 4,24; cf. Rm 13,14; Ga 3,27]). Para eso, es necesario tener mis virtudes ante sus ojos y seguir en sus corazones mis inspiraciones.» (RSC 381; Cf. VAM 302)

Y en una de sus resoluciones se proponía: «¿Qué haré para reconocer tanto amor? Me entregaré a mi vez a Jesús. Me negaré a mi voluntad. Ya no viviré, Jesús vivirá en mí (cf. Ga 2, 20).» (RET 9170009 / 29)

Y meditaba así: «Jesús no recibe impulso más que de Dios su Padre: "Yo no hago mi voluntad, dijo, sino la de mi Padre". Nosotros no debemos recibir el impulso más que del Espíritu de Jesús. Él debe ser nuestro pensamiento, nuestra palabra, nuestras acciones, nuestros movimientos, nuestra alma, nuestra vida. "Ya no soy yo quien vive, es Jesús, es su espíritu, es su Corazón el que vive en mí" [cf. Ga 2,20]. Obediencia entera a Dios, dependencia sólo de él: ¡qué alcance y qué profundidad en estas dos palabras! Mi alma es llamada a entrar, a vivir, a desaparecer bajo Jesús y su divino Espíritu.» (CAM 3/147)


9. PREDILECCIÓN POR LOS POBRES

(Reparación, Misión, Apostolado, Servicio, Pastoral)

“Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicieron” (Mt 25,31-46; Cf. Cst. 28; AA 8; GS 27; CCE 544, 598, 678, 1033, 1397, 1825, 1932, 2443-2449, 2831)
"Me ha enviado a evangelizar a los pobres" (Lc 4,18; Cf. Cst. 28)
Participando en nuestros gozos y nuestras penas, Cristo se identificó con los humildes y los pobres, a quienes anuncia la Buena Noticia (Cst. 28). Él desea ser reconocido y servido en ellos de un modo especial [Cf. CCE 786].

El padre Dehon nos invita a responder a nuestra vocación bautismal en la perspectiva de una vida de amor y reparación. Esta vida reparadora quiere ser una respuesta al amor de Cristo hacia nosotros, una comunión con su amor por el Padre y una cooperación en su obra de redención en el seno del mundo [CCE 852-853]. Efectivamente, ahí es donde libera hoy a los hombres del pecado y restaura a la humanidad en la unidad. Ahí es también a donde nos llama a los dehonianos para vivir nuestra vocación reparadora como estimulante de nuestro apostolado (cf. Cst. 23; GS 38).
 

Entendemos entonces la reparación como una cooperación a la obra redentora de Cristo en medio del mundo, en comunión con su amor al Padre y como una respuesta a su amor por nosotros, acogiendo al Espíritu (cf. Cst. 23).

Mediante el servicio queremos vivir en comunión con Cristo y, en solidaridad con él (cf. Cst. 22).

Si bien todo el ejercicio del apostolado debe proceder y recibir su fuerza de la caridad, algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para convertirse en expresión viva de la misma caridad, que quiso Cristo Señor fuera prueba de su misión mesiánica (Cf. Mt 11,4-5). El mandamiento supremo en la ley es amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a sí mismo (Cf. Mt 22,27-40). Ahora bien, Cristo hizo suyo este mandamiento de caridad para con el prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido, al querer hacerse El un mismo objeto de la caridad con los hermanos, diciendo: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40). [AA 8].

En nuestra época principalmente urge la obligación de acercarnos a todos y de servirlos con eficacia cuando llegue el caso, ya se trate de ese anciano abandonado de todos, o de ese trabajador extranjero despreciado injustamente, o de ese desterrado, o de ese hijo ilegítimo que debe aguantar sin razón el pecado que él no cometió, o de ese hambriento que recrimina nuestra conciencia recordando la palabra del Señor: Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mi me lo hicisteis (Mt 25,40). No sólo esto: cuanto ofende a la dignidad humana, como son las condiciones infrahumanas de vida, las detenciones arbitrarias, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; o las condiciones laborales degradantes, que reducen al operario al rango de mero instrumento de lucro, sin respeto a la libertad y a la responsabilidad de la persona humana: todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas infamantes... [GS 27]

Los cristianos, como discípulos y misioneros, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (SD 178). Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: “Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25,40). [DA 393]

 
El Padre Dehon decía: 

«Nuestro Señor también nos enseñó por que medio podemos llegar al reino de Dios, a la felicidad eterna; es por la practica de la fe cristiana, ejerciendo la caridad hacia el prójimo. ¿No nos él dice: "Lo que habrás hecho al más pequeño de mis hermanos, me lo habrás hecho a mí..." [Mt ​​25,40].» (REV 0005703 / 6)

También decía: «El amor al prójimo está escrito en cada página del Evangelio. ¿Podría nuestro Señor hacer más para recomendarlo que decirnos que tomaría como hecho a sí mismo aquello que hacieramos por los más pequeños de entre los suyos? ¿No es sobre esta caridad que llevará sobre todo el juicio? “Tenía hambre y me diste de comer; Tenía sed y me diste de beber..." [cf. Mt 25,31-46s.].» (ASC 2/287; Cf. MSO 244)

Y proclamaba: «El pobre es el servicio del culto, es el niño que tiene derecho a la educación, es el necesitado que espera una ayuda.» (CSC 295, Cf. 266, 307, 343; RSO 2/11,70; RSO 6/67) «...los seres más débiles: la mujer, el niño, el esclavo, los pobres.» (Cf. RSO 5/30-34) «...los pequeños y los humildes, los pobres y los trabajadores.» (RSO 8/53; DSP 356; RSC 498, LCC 8090139 / 58; DIS 9050091 / 1-2) «La caridad en el corazón del cristiano es la amistad y la gratitud a Dios; es la unión con nuestros hermanos, es la beneficencia para los necesitados.» (DRD 22/1; Cf. MSO 213)  

Y repasando la historia de la Iglesia decía en un discurso: «Uno se atrevería a decir que el culto a los pobres se ha convertido en el carácter distintivo de la religión cristiana.» (DIS 9050088 / 18; Cf. DIS 9050091 / 14; CSC 403; RSO 1/52)

Y al clero decía: «La Iglesia debe sus cuidados a todos: "Yo me hice todo para todos" (1 Co 9, 22). Sin embargo, ella tiene un cuidado particular de los pequeños y de los humildes, de los pobres y de los trabajadores: "El me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres." (Lc 4,18) Vayamos al pueblo para llevarles los socorros de la justicia y de la caridad.» (RSO 8/53)

Y se hacía esta resolución: «Predicaré, con el ejemplo y la palabra, el desapego, el amor a los pobres, la preocupación por la justicia social y privada.» (ASC 2/85; Cfr. ART 30-09-1902/3)

 

10. ORACIÓN (Vigilancia)

“Vigilen y oren para no caer en la tentación” (Mt 26,41; Cf. Cst. 76; CCE 2612, 2730, 2742, 2849)
Cristo invita a sus discípulos, a sus amigos sobre todo, a perseverar en la oración; también nosotros queremos responder a esta invitación (Cst. 76b).

La disponibilidad requiere la familiaridad con la persona del Señor [Cf. CCE 2611-2612], con su Palabra y con el pensamiento de la Iglesia. Una profunda vida de plegaria y de oración es la condición indispensable del discernimiento espiritual y de la disponibilidad total hasta el sacrificio.
 

De la asiduidad a la oración dependen la fidelidad de cada uno y de nuestras comunidades y la fecundidad de nuestro apostolado (Cst 76a).

Nos pondremos entonces con frecuencia a la escucha de la Palabra de Dios: para contemplar el amor de Cristo en los misterios de su vida [Cf. CCE 512-560] y en la vida de los hombres; y para robustecer nuestra adhesión a él [Cf. CCE 2741, 2745], así nos uniremos a su oblación por la salvación del mundo (Cst. 77).

El Padre Dehon decía: «No se combaten eficazmente las inclinaciones más que por las inclinaciones opuestas. Para enderezar el árbol torcido, inclínelo hacia el otro lado. - Para conducir la lucha de una manera vigilante, al orgullo se debe oponer la humildad. Hagámonos pequeños ante Dios y él nos levantará... A la seducción de las vanidades se debe oponer la modestia y el sacrificio, el sacrificio de la limosna, el sacrificio de las obras. He aquí, hermanos míos, el plan luminoso de la lucha cristiana. Aquel que lo siga será vencedor...» (DIS 9050079 / 15)

Y daba esta dirección espiritual: «Debemos protegernos de las tentaciones ocasionadas por la falta de vigilancia. - La calma en la que se encuentra un alma que ha escapado del demonio puede hacer nacer una seguridad peligrosa, si ella no está atenta en nutrir con cuidado las intenciones sobrenaturales en las cuales reside toda la fuerza de resistencia del alma. La tentación es a veces una prueba querida o permitida por Nuestro Señor para probar la virtud. Así fue como Tobías fue tentado porque él era agradable a Dios. Pero más a menudo, el origen mismo de la tentación y sus desarrollos vienen de un defecto de vigilancia. Esta tentación es la más común y la más peligrosa. Nuestro Señor nos ha prescrito rezar a su Padre para que él nos preserve: "Y no nos dejes caer en la tentación". Nuestro Señor nos ha advertido: "Velen y oren para que no caigan en tentación" [Mt ​​26,41]. Hay que rezar siempre y jamás desfallecer, ha dicho, porque no saben a qué hora vendrá el ladrón (cf. Mt 24,43). Estas son las advertencias solemnes repetidas a menudo por la Sagrada Escritura. Se trata de la salvación eterna. Esto es para el alma una cuestión de vida o muerte, porque nadie puede prever las terribles consecuencias de una caída grave, y con más razón de una recaída.» (ASC 8/117.119)


Transformando los Valores en VIRTUDES

La virtud es la encarnación operativa del valor. No se trata ya de ideales deseables o de bienes atractivos que yo puedo hacer realidad a través de acciones aisladas entre sí o esporádicas en mi conducta. La virtud le da estabilidad al valor y hace que su vivencia se prolongue en el tiempo. La virtud ayuda a vencer resistencias instintivas, emocionales o ambientales, a romper la indiferencia frente a los valores [+].

Cf. = cónfer, compárese
Cst = Constituciones SCJ (2009)
LG = Concilio Vaticano II, Lumen Gentium
GS = Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes
AA = Concilio Vaticano II, Apostolicam Actuositatem
CCE = Catecismo de la Iglesia Católica
DA = CELAM, Documento de Aparecida


Completar leyendo: 
[Lineas fundamentales de espiritualidad dehoniana]
[La vida de unión y oblación en el Catecismo]
[Los misterios de la vida de Cristo en clave dehoniana]


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