¿Por qué la Encarnación tuvo lugar en un varón y no en una mujer?



Por María Teresa PORCILE SANTISO (1943-2001)

La teología feminista se pregunta por qué un Dios Padre y un Hijo. . . Cierto que la investigación y la recuperación de la figura del Dios-Sophía y el Hijo-Sophía son una contribución riquísima para toda la cristología. Pero subsiste la forma histórica masculina de un «salvador» y no una «salvadora»...

Y, sin embargo, si observamos bien la teología de la elección en la Biblia, llama la atención que hasta ahora la teología feminista no haya visto la respuesta más sencilla y evidente: la que responde a la «lógica de la kénosis». A través de toda la Biblia, la preferencia de Dios siempre ha sido por lo más pequeño, lo vulnerable y lo débil, unida siempre a una exhortación a ser fieles a esa condición. De Israel su pueblo, el pueblo que le es consagrado, leemos: «No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvé de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos...» (Dt 7,7; ver 10,15; 14,2). Entre los hijos de Isaac, elige a Jacob sobre Esaú, en esa misma lógica de elección: «...el mayor servirá al pequeño» (Gn 25,23); entre los hijos de Jesé, también se escoge a David, el más pequeño (ver 1 Sam 16,11); Belén es la más pequeña de las ciudades de Judá (ver Miq 5,1); e incluso...«¿de Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). Hasta lo que quedará de ese pueblo pequeño (ver Dt 7,7)... es un pequeño resto... (ver Sof 2,3). Es lógico, pues, que la Encarnación haya seguido esta «lógica de lo pequeño».

Pablo, retomando el himno cristológico más antiguo conocido (Flp 2), dice que «se abajó, tomando forma de siervo» (con todo lo que ello evoca y contiene de la figura del Siervo Sufriente, que no es agradable de ver: ver Is 53). Y el mismo Pablo dirá que en Cristo ya no hay ni griego ni judío, ni esclavo ni libre, ni varón ni mujer (ver Gal 3,28), planteando así las grandes divisiones socioculturales de la época. Lo interesante para nuestro punto de vista es que la Encarnación se hace desde la posibilidad de anular la división, de asumirlo todo. Dicho de otro modo: podía haber sido griego y fue judío; podía haber sido libre y fue esclavo (perteneciente a un pueblo sometido al dominio político del Imperio Romano); y por eso es lógico que podía haber sido mujer, pero eligió ser varón. Guarda así la lógica de lo más pequeño, de lo vulnerable, de lo débil en todos los ámbitos: el cultural y el religioso, el político y el antropológico. Asumir el vértice invertido de un cono es la posibilidad de asumirlo todo. No se trata de una encarnación en la cumbre de una pirámide..., ni de la tribu de Leví ni de la casta sacerdotal; ni fue emperador romano ni filósofo griego... En esa lógica de lo subordinado en el orden cultural, social y político, buscó lo pequeño en lo antropológico. Por eso asumió la naturaleza humana en su forma de «lo más pequeño».

Esta posición no ha sido trabajada en la teología feminista. Si se tratara de encontrar «razones» para la encarnación y la masculinidad de Jesús, ¿acaso no es una buena lógica? Aunque al principio la tomemos con una «pizca de sal y sentido del humor», es razón antropológica de encarnación masculina.

[...] Si a eso le agregamos el hecho de la conducta tan absolutamente NUEVA de Jesús para con las mujeres, llegamos justo a la afirmación contraria: era muy conveniente la encarnación masculina para la salvación de las mujeres. Si hubiera sido una mujer que hubiera tratado a las mujeres como seres humanos e hijas de Dios, ¿dónde habría estado lo culturalmente llamativo y profético? La encarnación en forma masculina, unida al trato absolutamente único de Jesús para con las mujeres, nos permite afirmar, en la lógica paradójica del misterio, que, cuando el Verbo se encarna en el pueblo más pequeño, los puede salvar a todos; que, cuando lo hace en el estado sociopolítico de sometimiento, anuncia la liberación más amplia; que, cuando asume la naturaleza humana en su forma más necesitada de ayuda (ver Gn 2,18), la Redención es absolutamente universal.

Y la lógica de lo pequeño ¿no hacía madura, por otro lado, la plenitud de los tiempos para Belén y Nazaret, y la masculinidad como forma kenótica del Verbo de Dios? Es tan válido el planteamiento de esta pregunta como lo ha sido durante siglos la afirmación indiscutida de lo contrario.

PORCILE SANTISO, María Teresa, «Cristología en femenino», en RELaT 170